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    FANTASTICA MEDIOCRIDAD

    La mediocridad es fantástica, porque su abundancia anula cualquier otra forma de vida. Uno la encuentra normal en las conversaciones del sábado, frente una paella, cuando los comensales sacan todas sus armas dialécticas heredadas de otras conversaciones vacías. Pero también aparece en los blogs que propagan el pensamiento entre grandes miles de mensajes que no significan nada. Disfrutar de la nada es uno de los objetivos del zen, porque doblegarse a la sociedad perdiendo la personalidad es una de las directrices de lo oriental. En eso los chinos nos llevan siglos de ventaja. Nadie podrá parar a China después de los Juegos Olímpicos porque las empresas multinacionales encontrarán el modelo perfecto para el consentimiento grupal del mundo en los ecos de esa competición. La libertad, que no se pone en cuestión cuando se trata de ganar dinero, el crimen consentido siempre que sea por la fuerza del estado, son solo las bases de una propaganda de estado que no pertenece únicamente al gobierno complejo de China, sino al que se quieren sumar al complejo gobierno del mundo. Ir contra la mediocridad era antes un suicidio social, dentro de unos años será tan impensable como acudir a una sinagoga con tranquilidad en la Alemania de Hitler. El pecado se ha convertido en herejía, y a los herejes se les sacrifica por el bien moral común.

    Dodicacéfala Rubia Pitigrilli

    El error inicial de mi vida ha sido ese, no quererme encasillar, catalogar, ponerme en fila. Me decia a mi mismo: No me veo casado como los demas, saliendo el domingo con la mujer, con el baloncito, con el hijo... ¡Esa fue mi equivocacion! Acuerdate de lo que te digo, Mim. ¡Es necesario, comprendelo, hacer lo que hacen todos, aunque lo que hacen todos te parezca ridiculo! Es necesario salir con la mujer, con el hijo, con la pelota, con el ama de cria, con el sombrero duro, con el paraguas; tomar helados, comprar periodicos humoristicos, leerlos de cabo a rabo, divertirse, ser un mediocre integral. Si uno quiere vivir feliz, debe hacer eso; si quiere estar en la verdad, debe estar en la verdad de todos; no existen dos verdades, la de uno y la de los otros; existe solamente la de los otros. Cada hombre tiene un anillo que con otros anillos forman cadena, y las cadenas de hombres es una reata: la sociedad. Si alguno de esos anillos, esclavo de otros anillos, parece despreciable por su hipocresia y por su servilismo, no rehuses ser tambien un anillo de esa reata. Lo se: los rebeldes, los que estan en la otra parte, los que van contra corriente, los irregulares son mas simpaticos, pero es necesario huir de ellos si no quiere uno verse condenado a vivir entre los irregulares todo el resto de su vida.

    Se abstrajo un instante y continuó:

    -Mi segundo error: buscar la verdad por caminos oblicuos, rebelandome contra las mentiras de todos. Niña mia, para vivir felizmente es preciso aceptar las mentiras de todos, amoldarse a su juego, reir sus viejos chistes, divertirse con sus decreptias bromas, maravillarse ante sus ingenuos descubrimientos, olvidar sus pequeños engaños, soportar sus venganzas. Es mucho mas bello, ya lo se, alzarse contra una injusticia, denunciar un abuso, batirse por un inocente, afirmar, contra nuestros propios intereses, un principio; esto proporcionara el aplauso de algun solitario dispepsico y descontento; pero la sociedad no lo perdonara nunca."

    LA VIE EST UN NUMERO TROP LONG

    TRAS UNA HORA VISIONANDO UN REALITY SHOW QUE TENÍA COMO INVITADA ESTRELLA A UNA MUJER VÍCTIMA DE LAS INFIDELIDADES DE SU MARIDO, DECIDIÓ HACER UN ALTO Y LEVANTARSE A POR UN CAFÉ DE MÁQUINA.

    - BUENOS DÍAS ¿QUÉ TAL? SALUDO EDUCADAMENTE A SUS COMPAÑEROS QUE TODAVÍA SEGUÍAN ALLÍ.

    - YO CON MUCHO TRABAJO, PERO HAY QUE TOMARLO CON CALMA QUE SI NO LAS COSAS NO SALEN BIEN ¿ TU SIGUES VISIONANDO, NO? LE RESPONDIÓ LUIS, UN GUIONISTA DE LA CADENA, PERO QUE EN REALIDAD SE DEDICABA A CONFECCIONAR SOPAS DE LETRAS PARA UN PROGRAMA CONCURSO QUE SE EMITÍA DE MADRUGADA.

    - VAYA DÍA QUE HACE, SUSPIRÓ MONI, NO SABÍA QUE PONERME, HE DEJADO EL ARMARIO PATAS ARRIBA.

    - BUENO, LA CONVERSACIÓN ES MUY INTERESANTE, PERO VOY A SEGUIR CON LO MÍO, DIJO YOLANDA.

    SABÍA QUE NO TENÍA QUE TOMAR TANTO CAFÉ PORQUE LE ALTERABA MUCHO, ENCONTRARSE CON GRANDES PROMESAS DE LA CADENA, PERO SU PSICÓLOGO LE HABÍA ACONSEJADO QUE SE RELACIONARA Y QUE SE DEJARA VER. ¿QUIÉN LE IBA A DECIR A ELLA QUE TENDRÍA QUE GASTAR PARTE DE SU MISERABLE SUELDO EN IR A UN PSICÓLOGO PARA QUE LE HICIERA MÁS LLEVADERO IR A TRABAJAR A UN SITIO QUE LA DEPRIMÍA? ERA EL PEZ QUE SE MORDÍA LA COLA, AUNQUE EN EL CASO QUE NOS OCUPA MÁS BIEN EL PEZ SE LA TRAGA.

    TODO ERA MUY COMPLICADO, TODO MENOS LOS REALITY SHOWS QUE VISIONABA A DIARIO.

    - ENTONCES MARÍA USTED COMO SUPO QUE SU MARIDO LE ENGAÑABA?

    - PUES MIRE PORQUE PASABA HORAS EN CASA DE LA VECINA

    - BUENO, PERO ¿QUÉ EXCUSA PONÍA ÉL?

    - MI MARIDO ME DECÍA QUE IBA ALLÍ PARA HABLAR CON EL VECINO, PERO ¿DE QUÉ VA A HABLAR SI MI VECINO ES SORDOMUDO? .

    YOLANDA PRESIONÓ LA TECLA DEL STOP Y SE QUEDÓ MIRANDO LA PANTALLA. Y ASÍ, PENSATIVA SIN PENSAR, PASÓ OTRA HORA .

    DURANTE ESTE TIEMPO LUIS Y MONI NO HABÍAN ESTADO VISIONANDO NADA Y POR HACER TAMPOCO HABÍAN HECHO NADA. DURANTE ESTE TIEMPO LUIS Y MONI HABÍAN INTERCAMBIADO ALGÚN MAIL SIMPÁTICO CON LOS JEFES, SE HABÍAN APROPIADO DE ALGUNA IDEA BRILLANTE PERTENECIENTE A ALGÚN MINDUNDI RECIÉN LLEGADO Y COMO NO, HABÍAN ESPARCIDO FALSOS RUMORES SOBRE ALGUNOS TRABAJADORES QUE EMPEZABAN A DESTACAR.

    ESTO SUCEDÍA DÍA TRAS DÍA, PERO COMO TODO TIENE SU FIN EL FIN DE ESTA SITUACIÓN ESTABA PRÓXIMO O POR LO MENOS ES LO QUE PENSABA YOLANDA BOLUDA QUE LLEVABA ALGÚN TIEMPO PENSANDO EN COMO VENGARSE DE SUS VERDUGOS LABORALES. LA PANDILLA DE TREPAS QUE ESCONDÍAN SU INEFICACIA MALTRATANDO EFICAZMENTE A TODOS AQUELLOS QUE PODÍAN HACERLES SOMBRA

    VALENCIA EN BUS TURISTICO

     

    Cuando llevo caminando dos calles camuflado bajo mi alado sombrero de paja de tres eurazos, los pies embutidos en unos calcetines tobilleros de cuadros que resaltaban la belleza de mis sandalias franciscanas y mis piernas color yeso expuestas al aire y el sol, me doy cuenta de que no estoy solo: varios turistas, disfrazados como yo, deambulaban por las calles de Valencia, una de las capitales españolas que mejor conozco por haber sido la que mi madre eligió para darme a luz -curiosidad biográfica- montada en una hamaca. De manera que he tomado la determinación de conocer mi ciudad natal formando parte de la milicia turística y asumo, con mi atuendo, todas las consecuencias.

    El bus-turístic es un vehículo de dos pisos cuya parte superior se ha arrancado para conseguir tres ventajas esenciales en el mundo del transporte: la ventilación, la visión panorámica y la insolación-exprés. Su invención data de la época de la Expo de Sevilla o la Post-Expo, cuando a algún emprendedor se le ocurrió esta peculiar forma de hacer barbacoas humanas a la hora de la siesta. En principio se trata de favorecer el turismo disimulando su funcionalidad bajo una teórica comodidad. Pero tras la fachada del interés cultural, su fondo está marcado por las tensiones  ciudadanas: alejarse del molesto tráfico uniéndose a él, establecer una conciencia de clase al abandonar el asfalto donde circulan turistas no equipados con auriculares explicativos que nos miran desde abajo y evitar que nuestras glándulas sudoríparas bañen nuestro organismo. La orografía de Valencia permitiría perfectamente deambular por ella en bicicleta, como en Amsterdam, sin embargo las autoridades municipales -demasiado ocupadas en otros matices urbanos, como el circuito de las carreras de Fórmula 1- no han encontrado aún el método para diferenciar de una manera clara el ciclismo del suicidio voluntario.

    El servicio ofrece tres destinos: lo que queda de la Albufera, lo que quedó de la ciudad romana de Sagunto y lo que ha quedado de las calles de la capital después del “boum” urbanístico.  Todos los restos abandonados, hasta los modernos, son bienes visitables.  El billete es válido para 24 horas y el idioma de las explicaciones lo selecciona directamente el usuario entre las siguientes opciones: español, inglés, alemán, francés, italiano, ruso, japonés y otro que quiero creer es sánscrito porque no lo puedo descifrar. Al usarlos se despacha de golpe el compromiso de hacer preguntas a los nativos o de solicitar los problemáticos servicios de un cicerone humano: uno compra el billete, se sube y no realiza más intercambio de saliva para hablar. Incluso se puede comprar un práctico DVD donde se han grabado los recorridos. Pasas de ser actor en el decorado urbano a mero espectador. Un acto casto que agradaría hasta a San Antonio intentando taparse los ojos ante bellas señoritas diabólicas que le tentaban en el desierto.

    De acuerdo con los democráticos principios de la compañía de autobuses, el aparente caos de turistas que se reúnen en el punto de salida, la plaza de la Reina, suele estar organizado en las siguientes categorías de colas:

     Cola 1: Turistas europeos de diversas edades con apariencia  de no ser, como la mayoría de los mortales,  afortunados en el amor ni en el juego. Hago esta deducción por la ausencia total de tocamientos y porque, en caso contrario, estarían montados en el autobús que lleva al casino.

    Cola 2: Turistas europeos con expectativas de conseguir en algún momento del día un agradable orgasmo y  que no pierden la menor  ocasión de exhibir los preámbulos del coito ante sus compañeros de viaje, jaleándose unos a otros en una vorágine de mimos y cuchi-cuchis.

    Cola 3: Turistas de cualquier edad, condición y nacionalidad que, ante la posibilidad de quedarse solos con sus parejas en la habitación del hotel,  en la terraza de un bar o en el aterrador transporte público, han preferido el autocar para ir donde les lleven.

    Cola 4: Turistas nacionales de visita que desean ampliar sus conocimientos acerca de la muy cacareada ciudad de Valencia mediante un “tour” guiado en ocho idiomas.

    Cola 5: Mezcla de las anteriores. Es ahí donde decido unirme.

     Esta reunión de particulares ociosos exhala un misterio muy actual. Antes, los grandes escritores publicaban un libro exhaustivo sobre las maravillas de una ciudad construida por  diferentes culturas. Se catalogaban las villas según la belleza de sus monumentos, sus prosperas industrias, el encanto de sus paisajes. Ahora son ciudades regidas por la categoría de sus equipos de fútbol y por las edificaciones análogas que miles de personas, enfermas de propaganda, quieren comparar in situ con las que su municipio ha perpetrado con dinero público. Conseguir que un lugar sea citado muchas veces equivale a un regalo de beneficios. Y como, desde Franco, el gran acierto de España ha sido no invertir en más industria puntera  que los servicios a bajo coste y la gastronomía, el turismo sigue siendo la principal fuente de enriquecimiento, que no de riqueza, que es otra cosa. Las ciudades de España se visitan según los postulados modernos de la arquitectura, hecha para exhibirla y pretender así ser distintos de nuestros congéneres. De otro modo, la gente pasa el tiempo en la playa o a la montaña, que es donde de verdad se está fresquito y se pasa bien.

    Subo al agradablemente climatizado primer piso del autocar. Hay un matrimonio de respetable edad oriundos de Mirabueno, Guadalajara que ha venido desde Gandía a pasar una feliz jornada.

    -          Hemos trabajado diez años en Italia -me explica ella- y ahora con nuestra pobre economía venimos a gastarnos las cuatro perrillas para que coma la gente que le debe al banco.

    Noble actitud que, sin ella saberlo, hermana a esta manchega con las mujeres de la exótica  Melanesia: ellas creen en el “mana”, una especie de fluido que se transmite del hombre a las cosas que el hombre tiene y por eso pasan la vida cambiándose brazaletes, collares y cacharros de manera circular. Como también creo en que hay un alma en todo lo que circula, accedo  a la parte descubierta donde dos matrimonios de Ponferrada, venidos de Peñíscola, se afanan en descubrir cómo funcionan las explicaciones por auriculares.

    -          Yo no quiero que me saquen en ningún sitio –me dice una hierática cónyuge a verme tomar notas. ¿Para qué es esto?

    -          Es para la revista Interviú.

    -          ¡Ah, la revista del cambio democrático! –me responde el marido, más civilizado. Qué bonita.

    -          ¡Las explicaciones de los monumentos no salen en español! -aprovecha la otra esposa amparándose en el poder de denuncia de la prensa-  Compruébalo si no me crees. Vete moviendo el botón… ¡sale en italiano! Con lo que nos ha costado. El conductor igual no sabe nada de esto.

    De sinapismo me convierto rápidamente en cómplice y mientras se soluciona el problema técnico me solidarizo con los previsibles lugares comunes de la conversación veraniega, tan deliciosamente intrascendente.

    -          ¿Ese es el cauce del río? Valencia es preciosa. La plaza del Ayuntamiento me recuerda al Madrid de los Austrias. ¡Cómo ha cambiado todo!

    -          Sí, señor.

    Una oronda pelirroja saca fotos de los edificios en construcción, que son muchos. Los flancos del autobús tropiezan con las ramas de los árboles impregnando el aire con aroma de verdura fresca batida. Los pasajeros miran unos monumentos mientras que otras maravillas pasan como una exhalación por su lado sin que se den cuenta. El tráfico confiere a nuestro torreón en movimiento el alegre ritmo de una coctelera que impide manipular las cámaras de fotos.

    -          ¿Cuándo pusieron estos árboles?  Cuando vine hace años esto era muy distinto. Qué hermosura. Valencia es la tercera ciudad de España, ¿verdad?

    -          Sí, señor: en eso es igual a muchas otras.

    Vamos tomando un color de piel tostado mientras oteamos áticos reformados, edificios vaciados por dentro de los que solo permanece la carcasa de la fachada y diversos carteles de “se vende”. Me dirijo en inglés a la turista pelirroja:

    -          ¿Por qué toma fotos a las redes de las obras?

    -          Me gustan. En Gales todos los edificios son iguales.

    En efecto: Valencia se ha especializado en el urbanismo multiforme y cruel, un batiburrillo de estilos favorecido por la manga ancha de una reglamentación que si existe nadie parece tener interés en conocer.  

    Tengo la impresión de que el marido de la galesa, sentado como un fardo sobre su asiento, ha fallecido. Está inmóvil y ligeramente cabizbajo. Ella se ha deshecho de sus auriculares y me adopta como interlocutor. Me he convertido de pronto en el improvisado animador de la excursión. La pelirroja se contorsiona enseñando la goma de las bragas mientras toma fotos. El autobús no se detiene si los semáforos no lo permiten y realiza un recorrido enigmático que supongo es obligado por la manifestación de bomberos que hay en el centro. A mis espaldas, una voz mecánica de catacumba va cantando pausadamente los monumentos en voz alta para que queden registrados en el video casero:

    -          Puente del Real… Palacio de la Música… Alameda.

    Por fin aparece la joya de la ciudad: El Palau de les Arts, la Opera House de obligada visita. Una joven pareja de chicharreros la admira estupefacta:

    -           Se parece mucho al Auditorio de Tenerife.  ¿O es igual? –me preguntan con curiosidad.

    -          La verdad es que se da un aire.

    -          El de Tenerife costó muchísimo más caro de lo que dijeron al principio.

    -          Entonces, seguro que sí –respondo- deben ser el mismo edificio.

    Parece imposible ligar en el vehículo. Las parejas se sientan muy juntas. Hay una chica con unas gafas de sol similares a la cabina de un helicóptero a la que sólo se podría acceder atravesando a su acompañante con una tuneladora o lanzándole al cuello un dardo de curare con una cerbatana.  

    El conductor, siempre solidario con los pelmazos como yo para pasar el rato, me comenta que ocurren muchas anécdotas durante el trayecto. Algunos creen que el chófer es algún turista con una camisa blanca similar a la suya que está en los asientos delanteros de arriba y cuando se levanta de repente a tomar una foto, les da un ataque de pánico.

    -          ¿Y alguna vez ha intentado ligar contigo una pasajera?

    -          Eso no es una anécdota-  Responde tajante. Me quedo con esta misteriosa respuesta que no me aclara si ligar es algo más profundo o mucho más superficial que una simple historieta.

    Para comunicarme con los turistas japoneses dispongo de una vieja guía de conversación de cuando mi padre viajó a Tokio para asistir a las Olimpiadas de 1964. Se aterran cuando me acerco mirándome como los toros observan al torero antes de clavarles el estoque. Intento calmarles con alguna frase en su idioma. En el manual me aparecen prácticas frases como “¡Dios mío! ¡Nuestro postillón ha sido fulminado por un rayo!” o “Un gabán, un bastón, un abrigo de pieles, una valija” y “Ella tiene calentura, yo estoy constipado, tú tienes fiebre.” Desisto en comunicarme con ellos y los dejo en paz disfrutar del recorrido. Cuando ven que ya no les hago caso escapan aliviados al piso de abajo con el sigilo de un ninja.

    La desinhibida pelirroja, animada por mi discreto interrogatorio, se acerca a mí con una tarjeta de visita. A su marido ha debido envenenarlo antes de subir porque dada su envergadura no creo que hubiera sido capaz de subirle por la escalerilla. Tal vez ha aprovechado que el autobús pasaba por debajo del balcón de su hotel para descolgarlo hasta la plataforma descubierta. En su tarjeta aparece su nombre y el de una sociedad musical. Es profesora de canto. La imagino en un coro de Cardiff acompañando una ópera. En sus ojos verdes hay una mezcla calibrada de amabilidad y avidez.  Al ver que no le tiendo mi tarjeta retira suavemente la suya de mi mano y regresa a su asiento. Una vez allí zarandea levemente a su marido quien despierta y cruza con él las primeras palabras desde que subieron.  No hay nada como un agradable paseo veraniego en autobús turístico para restaurar el equilibrio matrimonial desgastado por la convencional rutina.

    SUMMERCASE Y DROGAS

    SOBREDOSIS FESTIVALERA

     

    Viñarock, Sonorama, Creamfields, Primavera Sound, Electric Fest o Bilbao BBK Live son solo algunos de los veintiún macro-festivales veraniegos españoles que tienen lugar de forma consecutiva en nuestro país. Un exceso de oferta que, cual burbuja inmobiliaria, está en línea con esta paradójica España en la que mientras nos apretamos el cinturón, eventos de ocio de todo tipo proliferan para un público joven ávido de diversión. ¿O por aburrimiento? ¿O quizá la promesa proverbial de pasar un agradable día de actuaciones, sol, playa, sangría y sexo y drogas?

    Motivado por el mensaje del Papa desde Sydney en el que desafiaba a los jóvenes a transformar el mundo según el plan de Dios, trazo mi propio designio: acudiré al festival Summercase de Barcelona para ofrecer drogas a los asistentes y comprobar la templanza de nuestra juventud aprovechando las incautaciones masivas de éxtasis de la policía. Para ello, nada mejor que un somero disfraz de rastafari y una mochila bien provista de productos alucinógenos.

    A eso de las seis, ante las puertas de entrada del multifacético Parc del Forum, se congregan botellones previos y picnics de viandas crujientes organizados por extranjeros que han pasado por el supermercado en su esmerada visión de lo que es el turismo. Corre un aire fresco que arrastra el aroma de los WC químicos. “¿Tú eres indie?” –le pregunto a una granadina que tras asentir y observar mi atuendo añade: “Me parece que te vas a aburrir aquí.” Yo me temo que no.

    “Vengo a ofrecer drogas a los asistentes y quería sacarme unas fotos con vosotros.” “Pues vas mal, porque soy el jefe de seguridad” responde un hombre alto y sonriente. Como no sé si es cierto o no, le presento mi alijo: unos antiácidos, unos sobres de Cola-Cao y un tubo de pegamento.” Bueno. Excepto el pegamento lo demás lo puedes pasar.”

    La entrada sólo cuesta 75 euros de nada y te da derecho nada más entrar a una pulsera identificativa y a una revisión muy profesional de tus pertenencias. No puedo creer que una de las normas sea no pasar botellas cerradas, así que deslizo en mi mochila una de agua sin gas de 75 centilitros cuyo tapón es, para mi sorpresa, inmediatamente requisado. ¿Por qué?  Quizá uno podría utilizar una botella de plástico como arma arrojadiza o escaparse de comprar unos vasos de plástico que cuestan un euro y que sin embargo no impiden que se apile la basura en unos cubos que no tienen la virtud de ser insondables.

    “¡Que tenemos un hijo!” dice cuando le ofrezco mi mercancía un hombretón que luce una calavera negra en su camiseta y que va acompañado de su pareja. Le informo de mis precios: “¿Tres talegos por los antiácidos? ¡Cómo te pasas!” Se empieza a oír de fondo una música espacial mientras me encuentro adictos al cacao en polvo, defensores del ácido e ingleses que ignoran que hubo un tiempo de escasez en el que el pegamento podía llevarte a los paraísos artificiales europeos.

    No tengo más competencia que varias docenas de jóvenes repartiendo publicidad de todo tipo de productos, especialmente de móviles. Pero mi disfraz no es todo lo convincente que me imagino. “No queremos drogas. Venimos a ver a los Kings of Leon. ¿Cuándo vuelves a la televisión?”  Una joven de Manchester que ha venido a ver a los Kaiser Chiefs se pone una barba postiza cuando se da cuenta de que estamos sacando fotos y de que mis “rastas” son de pega.

    A las siete de la tarde el ruido es estremecedor con solo dos grupos en escena. Unos jovencitos muy monos cantan una canción de amor ayudados por una cantidad de decibelios que hacen temblar mis empastes bucales.

    Cuando cae la noche regalan tubitos fosforescentes que la gente se ata al cuerpo a pesar de mis advertencias de que son radiactivos. Hay tiendas de merchandising, de coches, de periódicos, regalan pastillas para la garganta, horchata, café de comercio justo y se puede sacar dinero de un cajero instalado en un autobús: es como un supermercado alternativo. Las atracciones más solicitadas son un lugar como los barracones antiguos donde te retratas -pasando tu cara por un agujero- tras una figura pintada y un juego de ordenador llamado “Guitar Hero” donde debes componer melodías con una guitarra como la de Chikilicuatre pero inalámbrica. Sería buena idea añadir un cuarto oscuro en una carpa aparte porque entre tanta diversión adolescente lo del sexo parece aquí una utopía marxista. 

    Lo atávico es el lema de estos festivales. Además de grupos para amantes de lo “auténtico”, las bandas de moda y las de nombre arcano e impronunciable están los mitos de toda la vida. Hoy es el turno de los reyes de la decadencia que denunciaron hace años el gran timo del Rock and Roll, los Sex Pistols.

     “Ask me” dice el cartel que lleva en la mano un joven. “¿Dónde están las drogas?” - le digo. “No eres el primero que me hace esa pregunta, y yo siempre respondo que lo normal es pillarle a los punkis, pero yo aquí le pillaría al más pijo que encuentres”.

    La música es lo mejor, aunque mucha gente no parece apreciarla por la cara de seta que se les pone con el paso del tiempo. Yo caigo momentáneamente en trance con los Stranglers.

    Hay gente que da unos saltos impresionantes delante de la cámara. Uno quiere comprar mi vaso por cinco euros. Otros duermen en el suelo. Elijo mi cena entre una pizza industrial un bocadillo típico y una hamburguesa tamaño infantil y me la como entre el caos de basura que cubre el suelo. Hay promiscuos urinarios al aire con un aroma a ácido que espanta.

    El tsunami humano se desplaza para ver al cantante Johny Rotten vestido del Papageno de la Flauta Mágica. Me pregunto para qué los Sex Pistols teniendo aquí a Siniestro Total. Debe ser adoración al mito. Ayer  tocó Blondie y la gente se lanzó sobre esta madre superiora del Pop inglés. “God save the Queen!” Chillan los Sex Pistols, algo mayores, a una reina lejana que sigue en el mismo lugar de siempre. “No future, no futuuuure for you!” Y así cuarenta años. Hay una competencia guitarrera demencial con el grupo de otro escenario. Un tío metido en sí mismo deambula errático por senderos misteriosos. A las doce la peste humana es notable entre los asistentes, incluido yo a quien la peluca me está subiendo varios grados más.

    Los Sex Pistols intentan que la gente les pida más, pero la gente no puede; son demasiados los mensajes comerciales recibidos: “Alquila tu vaso.” “Si te equivocas comprando el ticket no devolvemos el dinero” “¿Aún estás ahí abajo? Envía tu mensaje y podrás subir con amigos a esta plataforma.”

    A medida que se va haciendo de noche la gente se reúne, pasando de los conciertos, en las mesas, dando al concierto el aspecto de un picnic de pueblo ausente de rabia juvenil. Dentro de poco tocarán los míticos Planetas, pero ni un chute de cacao o una esnifada de pegamento podrá retenerme hasta las dos de la madrugada en esta especie de nave industrial donde, como he podido comprobar, ni los músicos se drogan.

    SANFERMÍN

    El veranino de Tonino

    Pamplona.

    ¡POBRE DE MÍ!

     “Estoy recogiendo fondos para ayudar a los toros.” Ir a los Sanfermines con intenciones antitaurinas puede provocar sorprendentes reacciones entre los amantes de la fiesta y los turistas que giran sobre sí mismos repletos de alcohol. Policías, empleados del SAMUR, funcionarios, parejas disfrazadas, música en la calle, gente con ikurriñas… Algo muy kisch flota en el aire mientras toda la ciudad baila, charla y se divierte.

    Tonino Guitián

    Fotos:  Javier Candeal

    En el aeropuerto de Barajas siempre ocurren cosas extraordinarias que te desazonan. No puedes dividir un bocadillo en dos porque los cuchillos de metal están prohibidos, ni tampoco soltar el dispositivo de la cisterna del inodoro público porque este se activa con una célula fotoeléctrica que, si funcionara, haría desaparecer las heces que se acumulan en la taza de porcelana a lo largo del día; pero la célula fotoeléctrica, evidentemente, no funciona.

    Además de los aeropuertos, otra de mis pesadillas recurrentes era la posibilidad de asistir a los encierros de San Fermín, en origen una fiesta religiosa dedicada a este patrono que, según la leyenda, fue un mártir condenado a morir arrastrado por un toro en Toulouse. El espectáculo televisado del chupinazo y los encierros me sugería refinadas formas de tortura como el descoyuntamiento en la Plaza Mayor a base de apretujones, enfrentarme a  la afilada cornamenta de un animal salvaje o sufrir los caprichos de un australiano dirigido únicamente por sus instintos primarios. Así que cuando me proponen la posibilidad de ir a hacer un reportaje de provocación veraniega en Pamplona acepto enseguida y me hago imprimir dos camisetas: en una de ellas, tomada de la ya tradicional asociación antitaurina “Peta”, aparece una belleza que tapa su desnudez con un cartel donde reza: “ponte en la piel del toro”. En la segunda estampo un lema bastante absurdo con el que pretendo confundir a los navarricos y comprobar sus reacciones: “Stop la fiesta nacional vasca”.

     Paseo orgullosamente las camisetas delante de la plaza donde se celebra la segunda corrida de la Feria del Toro. Pero los pamplonicas son gente elegante, educada y afable. Sentada sobre una barrera de madera, una chica vestida de blanco y rojo me pregunta curiosa: “Perdona, ¿ese cartel que llevas qué quiere decir?” “Es que estoy contra de la Semana Grande.” –le digo. Estupor. Ella duda un momento antes de informarme confidencialmente. “Claro. Pero es que aquí no hay Semana Grande.” Lógica aplastante. La fiesta ya no está tan politizada como hace años. Como sospecho que no  levantare polémica entre gente tan tranquila, activo el plan “b” que consiste en taparme con una rebeca  y tras sentarme junto a dos muchachos en un escalón, exhibir mi camiseta por sorpresa. “¿Eres antitaurino? Pues aquí lo tienes claro, a nosotros nos gustan los toros.” Cuando imagino que van a atacarme se limitan a darme unos pescozones más amistosos que otra cosa. El resto de los intentos solo consiguen provocar risas comprensivas de la gente joven, de manera que me decido a abordar a personas mayores con el mayor descaro que puedo: “Perdone, caballero. Estoy recolectando fondos para la causa antitaurina. ¿Podría darme algo de dinero para ayudar a los toros?” “Sí, para los toros: y luego te los comerás en estofado. ¡Anda que tenéis más cuento!” “A mí esa camisa me parece una falta de respeto” –me dice una señora con tan poca acritud que termina sonriéndome y dándome la mano. Estamos esperando la salida de las peñas por la puerta de la plaza de toros cuando descubro a mi principal rival: un hombre clavado en medio del paso como un don Tancredo con pintura roja cubriéndole el rostro y múltiples carteles defendiendo la dignidad de los bóvidos. “¡Todos somos animales!” –reivindica sabiamente mientras la gente le mira sin una especial receptividad. Como cada uno de nosotros es un compendio de ademanes atávicos, de recuerdos, de costumbres, y  por mucho que uno se rebele contra ello los antepasados que viven en él se mantienen irreducibles en sus posiciones, comprendo que los navarros llevan siglos siendo afables. El padre José Francisco de Isla los describe en el siglo XVIII como “dóciles a lo bueno, advertidos, agudos, intrépidos, garbosos y de una grande propensión a cultivarse en todas las habilidades que puedan servir de adorno.” Solo le faltó decir que son respetuosos y unos excelentes anfitriones. Dos chicas, alegres de verme, me besan. Bailo entre uno de los componentes de una peña que hace girar una enorme ikurriña sobre su cabeza y que ignora mi lucha contra la “fiesta nacional vasca”. Entre la bulla de la música pegadiza de las bandas me ofrecen a beber pacharán. Reconozco que es la fiesta más popular y divertida a la que he asistido. Toda la ciudad está bailando alegremente, los guiris, los chicos con rastas, las jóvenes estudiantes, los que llevan la camisa blanca salpicada de vino, las madres con los niños en brazos, las señoras impecablemente vestidas de blanco y rojo…

    A las siete de la mañana me dirijo al encierro. Los encargados de la limpieza se afanan por devolver a la Plaza del Castillo su olor original. Lamento no llevar unas zapatillas “Pamplo-Nike” para sumarme a la carrera.  Algunos corredores han comprado “El Diario de Navarra” como única protección contra las cornadas. Un chico de California gira sobre sí mismo visiblemente pedo y sin haber parecido comprender el espíritu de la fiesta. Un asturiano saca una bandera y le explica a una brasileña que le mira ojoplática: “Con esta bandera sacamos a los moros de España, porque este es un país donde los primeros que llegan son los que ganan.”  A cada uno le da por una historia, y algo muy “kitsch” flota en el aire, como en las películas de Tati. Una pareja de novios, disfrazada ella de flamenca y él de torero, aceptan abrazarse a mí.  Pregunto a un policía cuál es el mejor sitio para ver el encierro: “La televisión”, me responde lacónico. Evidentemente, y desde cualquier parte del mundo pues más de sesenta países están conectados con la fiesta.  Dos tipos que parecen sacados de un sketch de “Muchachada Nui” me miran estupefactos sentados en el suelo. El encierro dura una exhalación. Cuando termina, la calle es un contar de batallitas sobre cómo le ha ido a cada uno.

    Los servicios de urgencias que afortunadamente no han tenido trabajo hoy me permiten posar sobre una camilla. Lo agradezco porque tengo los pies molidos. Les pregunto a los del SAMUR si en San Fermín se folla más que el resto del año y me responden maliciosos: “Hombre, por proporción de gente…  debe ser que sí.” Pero entre tanto baile, tanta amistad y tanto toro parece bastante complicado un acercamiento que no sea furtivo. En los balcones hay carteles con números de teléfono donde las mujeres pueden denunciar acoso y agresiones sexuales. Después del desayuno con chocolate los bares bullen con la gente de las peñas. “Yo me aficioné a los toros porque mi abuela Máxima, que se exilió a Francia, vivía cerca de la plaza”. Un camarero explica que durante veinte años fue fotógrafo para “Eguin”. En el restaurante como en una mesa corrida donde todos los comensales quieren hablar de lo suyo: “La alcadesa yo creo que hace lo que quiere.” Las actitudes conservadoras  de todo el año se convierten con la fiesta en un desmadre. “El Opus tiene un poder tremendo. No sé cómo pudo convencer tanto aquí un monseñor venido de Huesca.” “Los humanos somos monos racionales que dependemos de los walkman y de los funcionarios.” “¡Pamplona devuelve lo que da!” “¿Cuánto tiempo te quedas?” Desafortunadamente poco: tengo que regresar ese mismo miércoles después de haber sido seducido como Hemingway y amansado por los San Fermines. Pobre de mí.

    EL CUÑADO

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    EL CUÑADO EN VERANO

     

    ¿Quién necesita Google, saber inglés, alta cocina o primeros auxilios habiendo cuñados? El verano excita a las parejas de nuestros hermanos como el bióxido de carbono a las avispas africanas. Favorecidos por el ambiente estival relajado, revolotean sobre cualquier acto cotidiano sobre el que nadie hubiera supuesto que tendrían conocimiento. Tienen ese afán encarnizado de los que no han pegado un palo al agua pero sienten la obligación de demostrar que, si por ellos fuera, el mundo sería mucho mejor. Ahí los tenemos, dando consejos sobre varices, crítica artística o taurina, vaticinios económicos o afirmando si Aldrin pisó realmente la Luna. Pueden informar sobre el método infalible de encender tu barbacoa mientras argumentan sobre si Luis XVI mereció la guillotina. Pero lo mejor de todo son sus conocimientos sobre tu familia que extienden como vitriolo sobre las heridas que más duelen. Los cuñados no pierden el tiempo analizando la vida de su familia, sino la tuya. Ellos pueden ser descendientes de una tribu de filibusteros caníbales, pero eso no es relevante: lo importante es si tú tienes un carácter arisco, pusilánime, pizpireto y si no acudiste al bautizo o funeral que consideran esencial para tu existencia familiar. Son maestros en el arte de sacar las verdades que todo el mundo prefiere obviar para preservar la hipocresía doméstica -motor del entendimiento social- aprovechando que sólo te cubre un bañador y estás extendido en una toalla. Amparados bajo una capa de falsa objetividad similar a la de los tele-shows, te ayudarán a comprender mejor a tus padres y te hundirán en miserias antediluvianas con la exactitud de un analista psicológico.Y es que todo cuñado tiene alma de investigador freudiano: de noche entran en tus sueños y saben qué hilos mueven tu alma. Es lo natural ya que su alimento y su nido es el título familiar que analizan con delicia. El cuñado al acecho devora pequeñas anécdotas, hace gala de excelencia, observa los pequeños detalles y en la mesa, aprovechando la educación de los demás, espera siempre los mejores trozos. Entre un cuñado y una salmonelosis, ¿podemos albergar una duda sobre qué elegir?

    VIDA Y MUERTE EN EL ENSANCHE

    MUERTE Y VIDA EN EL ENSANCHE

    Una respetable peatona era atropellada al intentar salvar las ruinas de lo que fue la residencia femenina de la Madre Sacramento, mientras un despliegue inusual de la policía local se hacía notar por las calles del fino Ensanche. El motivo de su presencia no era vigilar el caos de maquinaria que amenaza a las ancianitas que aún resisten los embates de abogados especializados en desahucios; la función policiaca en este caso era abrir paso a Rita Barberá y su comitiva en la inauguración en la Gran Vía del estatuario de Ripollés. Hay que reconocer que la increíble obra escultórica de este castellonense, sencilla, inocente y garabateada,  se ha visto siempre tan superada por su personalidad que uno entiende perfectamente cuando él mismo afirma que su arte es un hobby. Se me ocurren varios personajes ilustres contemporáneos que merecerían tener una estatua con su firma -o la de Botero- en alguna calle o en una de esas rotondas que recuerdan hacia dónde tienes que girar. En claro contraste con una estival imagen llena de humor, amor y marketing se cernía, alrededor pero no demasiado cerca de una Rita ostensiblemente serena, un anillo de escoltas darwinianos, ofreciendo sus fornidos hombros a cualquiera que entorpeciera el paso de unos finos tacones consistoriales que de nuevo se hundían ligeramente al ceder la tierra del parque ante la impepinable ley de Newton según la cual todo objeto tiende a acercarse al epicentro del planeta según su masa. Una vibración extraña se desprendía de esta escena callejera excesivamente íntima, como cuando te acercas a una boda a la que no estás invitado y los familiares te miran como si fueras a robar los langostinos; de manera que escapé de aquel cortejo del que los ciudadanos no debíamos participar y tras tomar un granizado en una imitación de bar, me regresé por donde había venido. La ambulancia seguía en el mismo lugar donde la dejé una hora antes aunque la accidentada ya había sido trasladada. Tal vez tenía ella la intención de ver este hermoso montaje y sus expectativas fueron drásticamente arrebatadas por la ausencia de señalización urbana en eventos de construcción inmobiliaria privada; tal vez incluso votó a Rita en las últimas elecciones. Pero no está en manos del ciudadano conocer su destino. Como me dijo una vez un policía cuando me quejé de que nadie señalizaba obras, fallas y movimientos diversos: “Caballero, Valencia es una ciudad viva y estas cosas no las podemos prever”. Me temo que va a ser falta de previsión, pero lo de exceso de vida, voy a dudarlo. Tantos intentos para que esta ciudad parezca viva y mediterránea para  cuando se celebre la Fórmula 1 delatan ya que es bastante anodina, centralista y con síntomas de rigor mortis. No puedes convertir Valencia en una franquicia y pretender que esa “metáfora mediterránea” que tan buenos resultados da en las recetas de bolsas de patatas fritas con sabor a ajo y jamón y en determinados bocatas falsorris confeccionados con tomate y aceite de oliva sirva también para lo humano. Es lo malo de ese “mirar hacia el futuro” cargándose el pasado. Hoy en día, si no existieran los pueblos vecinos, Valencia no sería muy distinta a Soria o a una barriada de Madrid donde triunfara el “Paellador”. Pero de todas maneras, ¿por qué preocuparse? ¿Acaso los turistas del Fórmula 1 tendrán interés por nuestra cultura, habiendo sangría de dos litros en los supermercados y discotecas abiertas al mar con exigente portero? No dejan de ser graciosas las esculturas de Ripollés que se mimetizan con la parte infantil de los parques pero, puestos a escoger y hablando de Meditteráneo y cultura, yo sigo prefiriendo a Blanquita.

    PÚBLICO

    BUSSINESS CLASS

    Como la moda se creó para gente que no tiene gusto natural para vestirse, uno llega a la conclusión que los asesores se crearon para esas empresas que han perdido la ilusión por el comercio. Uno entra en cualquier viejo mercado -esa biblia de lo que es el justo equilibrio entre la necesidad y la oferta, la honradez y la competencia- y encuentra en el rostro cordial de las tenderas, en sus elogios sin gestos hieráticos, en cómo ha compuesto los productos en el puesto que ostenta un apellido familiar, la simplicidad de un acto natural y alegre en el que se ha basado la subsistencia de varias generaciones. Pero  uno accede al mundo de algunas empresas y encuentra que el asesor viste como un gangster, el director se esconde tras la secretaria y que el encargado alude a la honestidad como la reliquia de un mártir que se exhibe el día del santo patrón.  Con el debido respeto a los economistas, la honestidad en un negocio o está o no está. No es un precepto ignorado y cambiante ni que se pueda pretender encontrar en una gramática mercantil. Nace con la persona conjuntamente con el color de los ojos y la tendencia a la obesidad y no es necesario acudir a un asesor para enmascararla. Los negocios, ya que por una parte todos tenemos que ofrecerlos y por otra soportarlos, deben tener por característica la armonía,  no esa especie de naufragio de todo a cien en la que todo vale y donde si te llevas a engaño es bajo tu ignorante responsabilidad. Los empresarios importantes, como los anfitriones de una reunión, deben dar ejemplo de auténtica decencia no amparada en falsa simpatía o en descarnada sinceridad. Si la cordialidad mercantil volviera a triunfar como el bien preciado para la continuidad de los negocios, éstos gastarían menos en publicidades espurias, en abogados, en contables sin alma y nos permitirían no tener que saltar de una empresa a otra con la actitud resignada de los que van a una guerra sabiendo que en el minuto cuarenta y cinco se les escapará una palabra desdichada y que el enemigo invisible posee un arma mucho mejor que la nuestra sin que se haya gastado ni un céntimo en modernizarla: también la verdulera sabría engañarnos, pero sin duda necesitaría vestir caro y una butaca bussiness para animarse a ello.

     

     

     

    LUGARES COMUNES

    VERDUGOS ESTIVALES

     

    El verano es una ocasión espléndida para observar cómo intercambiar fríamente un saludo con un desconocido nos puede ocasionar la expiación de nuestro pecado bajo la forma de torturas infernales en nuestro periodo de descanso. En el periodo laboral nos atraemos odios mortales por pequeños gestos a los que no concedemos importancia y que derivan en misteriosas conversaciones anónimas de máquina de café que nos hacen perder el empleo y sumen a nuestra familia en la miseria. Pero en verano se suma, además, el placer de los verdugos a la maledicencia gratuita. Se les suele reconocer porque son los que ocupan el mejor lugar en la piscina comunal, rodeados de manjares crujientes y sabiamente apostados para contemplar el paso de los nuevos visitantes a fin de despellejarlos a la menor ocasión. De nada servirá ignorarlos porque son los reyes de la urbanización, los emperadores del complejo hotelero, los chambelanes del parking abarrotado. Dará igual que nuestra pareja sea un adefesio o una belleza: su finalidad será criticarla de cualquier manera porque ellos hace años que no están interesados en la cópula. Uno no debe rebelarse contra estas costumbres que ellos aprendieron de sus padres y éstos de sus abuelos cuando tiraban, subidos en sus mulas, piedras a los primeros trenes de carbón. Consejos: aplanada sumisión a sus ritos, saludarles con la mejor de las sonrisas y enviarlos al diablo mentalmente. Para esto último acompáñenles hasta la puerta del taxi y no respiren tranquilos hasta que desaparezcan como un puntito lejano en el horizonte de sus vidas.